
Era invierno, la pava sarrosa sobre la hornilla volcada con quien sabe que y quien sabe como, silbaba sin parar mientras el chiflete de frío entraba por el pequeño hueco de la ventana oxidada y sin reparar.. la puerta entreabierta, risas de niños detrás de ella, en el patio. La luz se filtraba por las hendijas de la persiana maltratada y semi rota, arruinada por la lluvia de la noche anterior, rechinaba con el sonar del viento frío y persistente. En frente del sillón de mimbre, la estufa a leña intenta calentar el lugar, hay olor a hollín, a carbón, a suciedad.. los platos sin lavar en la cocina, pilas y pilas de platos, la ropa con olor a humedad.
Maria Lovignesi esta sentada en el sillón.. mira la madera consumirse en la estufa.. y se adentra en el fuego que no logra sacar de sus ojos, las lagrimas ensalzadas con sabor salado y con el corazón prácticamente en la mano, a punto de tirarlo a la hoguera de humo y fuego que tiene en frente. Sola, en el sillón... tratando de encontrar una sola razón para mantenerse en pie, ni el amor de su hijo ayuda. La mirada perdida, los ojos vidriosos.. imaginando miles de cosas, millones de ideas. Las manos entrecruzadas entre sus piernas blandas, ya sin fuerza ni para morderse los labios de la angustia. Completamente derrumbada y sola, con los pies descalzos sobre el sillón, cada vez mas cerca del fuego.
Diciembre de 1980, calor.. Maria esta con su marido Adolfo y sus dos hijos, Marcos y Francisco, de 8 y 13 años. Van por la carretera 66, los árboles sedientos de agua lloran sabia por los poros, recovecos de soledad en cada uno de ellos, los campos de trigo ya están dorados, enormes maquinas cosechadoras pasan a su alrededor.. Maria observa cada detalle, cada movimiento mirando por la ventana del auto.. con sus ojos grandes y profundos color verde aguado. El camino se torna interminable y el calor cada vez es mas sofocante. Mientras avanzan los kilómetros junto con ella, va desvaneciéndose el paisaje y mientras deja de escuchar y de mirar... se quedo dormida.
En sus sueños, las horas que transcurren en el auto, son apenas cortos minutos que al empezar ya pueden sentirse sus últimos segundos, y, casi al instante se aprecia el comienzo de otro minuto mas.
Se estremece con cada caricia, con cada mimo de su marido mientras duerme, Adolfo la observa.. instante con la mirada en la ruta, instante con la mirada en Maria.. y así durante largo rato, más la mira, y más siente quererla.. y menos capaz de dejarla.
La mente de Adolfo, con el silencio, con el camino desierto, con la tranquilidad del campo.. va volando mas que la de Maria al soñar.. piensa, siente, imagina.. con sus ojos ya fijos en el camino, pero con el corazón incansablemente mirándola a ella.
La caída del sol en el horizonte de la carretera, crean un atardecer perfecto apreciable desde la ventanilla del automóvil, la bola de fuego cae lenta pero fugazmente. Entrando ya la noche, los ojos de Adolfo van tomando una leve expresión de cansancio, mientras Maria va abriendo los suyos lentamente, pero sorprendentemente exaltada, quizás un bache en el camino la hizo despertar.. o una fea pesadilla.
Música gitana sonando en la radio, el stereo nuevo, los asientos casi recién tapizados, casi estrenándolos.. siguen tomando velocidad hasta el fin del camino, en donde las estrellas desaparecen, en aquel lugar donde el silencio es el gobernante de los ruidos y las lagrimas son las soberanas de la gracia..
Continúan sonando las bulerias gitanas mientras el camino se acorta y se termina, entonces desemboca en un hotel de paso, en un burdel de cuarta, en una habitación con olor a tabaco viejo y a aserrín, una brisa con vodka, y sabor a suciedad, tierra mojada y lujuria.
Se recuestan en las camas desarmadas del lugar, se retuercen al sentir que sus cuerpos rozan las sabanas húmedas de las sucias camas, las tocan, las acarician con sus piernas, brazos y pies.. las odian. No saben porque están ahí, los chicos no preguntan nada, solo obedecen.
Maria y Adolfo intentan conciliar el sueño de a poco, tratando de olvidarse de todo, del lugar, de sus vidas, de sus hijos... de todo.
El remordimiento que Adolfo mastica desde la llegada al hotel es increíble, no puede soportarlo, ni su cabeza, ni el mismo. Se siente cada vez mas incapaz, mas inútil... mas solo. Se despierta a las 3 de la madrugada cada noche de todas las noches después de casarse con Maria. Pero esta vez lo sintió distinto, mil emociones y momentos, y sentimientos pasaron por su mente al instante dejándolo hundirse en inmensa soledad, la amargura indescriptible que amenaza con quitarle la vida es imbatible, inmortal, inacabable.
BUENO AHI DEJE HASTA DONDE LLEGUE DE LA ESCRITURA DE LA NOVELA..
=)
UNOS BESOS!!